En este punto de la conversación mi amigo, el señor García, sonríe y me muestra el folio en el que están contenidas las condiciones del contrato. Yo miro la hoja, por ambas caras, me la acerco a los ojos y durante unos segundos parpadeo para evitar que mis pupilas bailen. Porque lo que veo en esa hoja es una especie de masa amorfa que parecen ser letras, frases y párrafos en los que están contenidas, estrujadas y comprimidas, todas las condiciones del referido contrato.
Las letras-microbio, en apretujadas líneas se distribuyen en casi tres anchas columnas, que llenan una de las caras del folio y como no caben allí todas, el resto aparece impreso en el reverso. Y como resulta tarea casi sobrehumana contar toda esa masa de microescritura, he recurrido a la aritmética y con ayuda de una regla he medido 12 de las lineas microscópicas. Miden unos 2,3 cms. y como todo el compacto texto tiene una longitud de 73 cms. he llegado a la conclusión de que son en total 380 líneas. Terminada esta operación he calculado la equivalencia de cada línea del contrato en líneas de folio normal y he llegado a la conclusión de que el ilegible contrato escrito en folios legibles y normales, sería de unos trece folios.
Creo que esto es lo que coloquialmente se entiende como 'letra pequeña' pero después de ver el texto en cuestión, creo que lo de 'letra pequeña' es un calificativo muy optimista porque la letra que me muestra el señor García viene a tener uno o dos puntos menos que el tamaño habitual del microbio.
Y mi buen amigo me pregunta. ¿Qué hago yo si no existe ojo humano capaz de leerse todo esa ristra de microbios impresos? Y a esta pregunta de tan difícil respuesta le ofrecí estas dos soluciones: a) Aceptar las condiciones del contrato fiándose de la buena fe del contratante. b) Pedir una copia del texto en letra legible, ofreciéndose a pagar el exceso de franqueo de los trece folios. Cualquiera de las dos soluciones me parece razonable.






