
HISTORIA DE UN REVÉS
«Si el cierre ocurre en estos tiempos yo sería la primera en ir a Madrid a defenderlo. No hubiéramos dejado que lo desmantelasen. No se hubieran atrevido ¿Ay qué pobre tren!». María Ibaibarriaga no esconde su tremenda rabia y tristeza a pesar de que ha pasado tanto tiempo de la liquidación del ferrocarril que unía Vitoria con Mecolalde (Guipúzcoa) y Estella (Navarra), uno de los momentos más vergonzosos de la historia reciente del País Vasco. Es una herida que todavía sangra.
Esta vitoriana vigorosa, que, coqueta todavía, oculta su edad, era la telefonista de la estación Vitoria-Ciudad que ocupaba lo que actualmente es el instituto Los Herrán. Se encargaba de dar las órdenes de salida de los diferentes trenes. Y usaba el teléfono y el telégrafo. Todavía recita de carrerilla el nombre de las estaciones, una musiquilla que le trae la nostalgia de unos tiempos en los que los empleados del aquel pequeño ferrocarril «éramos una gran familia».
«Una mano negra»
Hija de uno de los formidables canteros que hicieron la cripta de la catedral nueva, uno de esos monumentos grandiosos que la mayoría de la gente desconoce, María siempre se ha sentido «muy vitoriana» y eso le ha hecho apreciar todavía más la pérdida del tren. «Es que nosotros trabajábamos hasta los domingos y los días de fiestas en los pueblos. Había días que el tren se ponía a reventar. Yo creo que hubo una mano negra al que le molestaba».
Cuando Juan Borrego comienza a hablar de sus máquinas y de sus vagones, los que él conducía con diligencia hasta los 70 y 80 kilómetros por hora, se emociona. Ha amado los trenes toda su vida y éste por encima de todos. «Salvadas las distancias estaría a la altura del AVE. La electrificación era perfecta. La hicieron unos alemanes. Los automotores, Siemens, lo mejor. Las agujas se cambiaban con botones y las medidas de seguridad eran incomparables. Todo el material era de cobre, hasta el más simple bulón (tornillo grande). Era elegante y teníamos el mejor taller de reparaciones del norte de España», relata este maquinista cordobés de nacimiento que llegó a Vitoria después de la mili y aquí volvió cuando se jubiló en el tren de vía estrecha Amorebieta-Bermeo.
La calle Los Herrán, dedicada a dos miembros de esta familia que empujaron los comienzos del tren, y otra arteria cercana con el nombre de Anglo-Vasco son las únicas referencias que quedan de este medio de transporte que llegó a tener 400 empleados en sus mejores tiempos y que no pudo aguantar la llegada del automóvil como astro del transporte. «Si aguanta un poco más y lo toma el Gobierno vasco, hubiera continuado», precisa Juan Borrego.
El maquinista no olvida el frío que pasaba en la cabina por orden superior de colocar lejos la calefacción «para que no nos durmiéramos», ni la puntualidad o el sistema de trabajo que hacía que siempre hubiera un maquinista de reserva por si el principal tardaba.
Lo cierto es que aquellas vías que revolucionaron el lento desarrollo de Álava durante la primera mitad del siglo XX se levantaron de un día para otro con «demasiadas prisas». José Luis Lafuente, administrativo de la compañía y recordado locutor de Radio Vitoria, evoca con su voz redonda cómo se llenaban los vagones de vitorianos en los llamados trenes cangrejeros. «La gente se iba al campo a pasar el domingo y usaba el tren para desplazarse a los pantanos o a la Montaña y sus ríos. Y la diversión de moda era coger cangrejos».
Estraperlo
El ferrocarril también era un buen medio para el estraperlo, a pesar de la dura vigilancia de la Guardia Civil. Había cierto entendimiento entre muchos empleados y la gente que traía cosas especialmente desde Navarra.
José Luis recuerda que su trazado era tan perfecto que ocurría algo inusual, había la misma distancia por carretera que por las vías del tren. «¿Y las estaciones?. Todas diferentes y bellísimas. Su desaparición fue una pena».






