
LAS ALFARERAS
LAS ALFARERAS
Inés y Charo saben que su trabajo tiende a desaparecer porque desde que se introdujo el plástico, en los años sesenta, la mayor parte del gremio se quedó sin trabajo. En cualquier caso, se muestran moderadamente optimistas: «Es cierto que cada vez quedan menos alfareros y que a los jóvenes no les interesa este oficio, pero yo no creo que desaparezca del todo», comenta Charo mientras da forma a un mazacote de arcilla que gira en el torno. Después del moldeado, las figuras se pondrán a cocer. Más tarde se esmaltarán, se pondrán a secar y volverán a introducirse en el horno.
Siempre en el Casco Medieval -antes tuvieron otro taller en la calle Cuchillería-, las propietarias de Zeramika Buztintza organizan talleres de creatividad, en los que se trabaja la expresión y la capacidad creadora. «Intentamos transmitir el gusto por la alfarería, una actividad muy relajante, que ayuda a liberarte del estrés. Lo único malo es que te ensucias mucho», bromean.
Piezas únicas
En su local realizan toda clase de objetos, desde botijos hasta lámparas, desde joyas de estilo rústico hasta floreros de diseño. Las dos propietarias hacen trabajos complementarios: Inés diseña y decora las piezas y Charo es la encargada de moldearlas. «Hay dos clases de alfarería. Por un lado está la de toda la vida, rústica, simple y utilitaria y, por otro, la contemporánea, de diseño, en la que lo que prima es su valor estético. Lo más difícil es conseguir piezas que sean útiles y a la vez decorativas».
El taller de 'la Corre' tiene de todo, pero lo que más llama la atención son las piezas de diseño. «Hacemos objetos únicos, exclusivos. Nuestros clientes vienen buscando precisamente eso, algo diferente, que no se encuentre en ningún otro sitio». Para explicar la razón de esta preferencia, ponen un ejemplo concreto. «A todos nos ha pasado que, después de comprarnos un pantalón, se lo vemos a alguien por la calle y nos da como rabia.»
Una preciosa bandeja de loza, decorada con pequeñas figuras geométricas, minimalista, cuesta 48 euros, mientras que un florero tradicional vale entre 15 y 30, en función del tamaño. «La gente no viene con ideas preconcebidas, aunque normalmente tiene muy claro qué es lo que no quieren. A partir de ahí, comentamos juntos lo que necesitan, y lo habitual es que se dejen aconsejar».
Ferias de artesanía
Ya que ni la alfarería ni la cerámica se venden tan bien como quisieran, Charo e Inés aprovechan las ferias de artesanía como un escaparate para sus creaciones. «Antes íbamos más a pueblos como Rentería, Getxo, Durango, en donde hay certámenes potentes», comentan. A lo que no renuncian, por supuesto, es a montar un pequeño stand delante de la tienda «cada vez que se celebran el mercado medieval y de almendra».
Charo e Inés señalan que, más que por las ventas, acuden a estos eventos para exponer sus trabajos, para darse a conocer. «Entregas tarjetas a gente que igual pasa por el taller meses después, para preguntarte por una pieza que teníamos expuesta en no sé qué feria. La verdad: hace ilusión».






