
EL ESPECTÁCULO
Esta es su cuarta visita a la capital vizcaína: donde estuvieron en la inauguración del Guggenheim y tres veces en el Arriaga a donde llegaron con 'Passion' (1997) inspirada en 'La última tentación de Cristo' de Scorsese, 'Opus Cactus' (2003) y 'The best of Momix' (2005).
Doce bailarines de la compañía estadounidense convertirán por tres veces (hoy a las 20 horas y mañana a las 19 y 22.30) el escenario del teatro Arriaga en un lugar mágico, en el que hay una absoluta ausencia de gravedad, como si fuera una gigantesca botella de agua, en la que exploran las infinitas posibilidades del movimiento gracias un sofisticado juego de poleas, sombras y luces en la que todo fluye. "Es un espectáculo difícil de definir, muy diferente a todo lo que habíamos hecho hasta ahora y muy exigente físicamente. Hay muchos levantamientos, algunos realizados físicamente y otros con 'truco'. El espectador va a disfrutar tratando de entender como somos capaces de hacer lo que hacemos", comenta el bailarín Roberto Olvera.
"Podemos decir que es poesia visual", completa su compañera Rebecca Rasmussen. El vestuario es fundamental en el juego. Las prendas en blanco y negro ayudan a crear formas y ilusiones en las que el público tendrá que descubrir que es lo real de todo ello. Además la función de las 19 horas del sábado servirá como homenaje del teatro al Museo Guggenheim en sus diez años de feliz singladura.
Dos horas y media de espectáculo, en dos parte, inspirado en el Teatro Negro de Praga que evoca un mundo de imágenes surrealistas acompañadas de proyecciones en las que tanto el Sol como la Luna pueden ser reconocidos en formas animales mientras los bailarines, seis chicos y seis chicas, se entrelazan creando nuevas criaturas imaginarias. Un proyecto de gran complejidad en cuya creación han participado muchos de los bailarines y en el que Pendleton invirtió cuatro meses de trabajo. "Llevamos tres años de gira y seguimos innovándolo", dice Rasmussen.






