ZARAGOZA
Mil corridas de un torero tan algebraico, cerebral y apasionado como El Juli, que sólo pudo retratarse de verdad con el capote en el saludo. La querencia del toro eran las tablas. Inexcusablemente. Aunque dosificadas, las dos varas lo habían consumido. Las verónicas del saludo, también. Después del brindis a su escudero, El Juli le pegó al toro cuatro muletazos de horma, tanteo y engaño. Por falta se asiento y fuerza, se puso celoso, andarín y pegajoso. Por falta de clase, se defendió sin humillar. Y se frenó un poquito. Como se puso tan pegajoso, El Juli no le perdió de vista ni cuando tocaba soltarlo. El Juli cambió de espada en la primera raya sin siquiera descubrirse, atacó con corazón y por derecho y enterró media arriba pero algo trasera. Vino el toro a tablas a echarse.
El toro que completó la ronda de las mil fiestas no sacó mejor estilo que ese segundo tan cargante. Una tanda le duró vivo a Julián. Pero la primera vez que tuvo que hacer trabajo forzado, se rebrincó el toro. Y al fin, un pinchazo arriba y una estocada desprendida y letal. Así pasó la mil. Con el viento de cara.
La mil se convirtió, a favor de lote y ambiente, en una fiesta de El Fandi, que se llevó los dos únicos toros relevantes de la corrida. Al tercero lo premió el palco sin mayor razón con la vuelta al ruedo. El sexto, encastado, sin vuelta. Una oreja de cada toro. Gritos de «To-re-ro, to-re-ro...!». Si hubiera toreado con la mano izquierda, entonces no se sabe qué ni cuánto. Finito, que sólo pudo abreviar con un cuarto plantado y rendido tras empuejar en una larga vara, le pegó a un primero pajuno y apagado algunos muletazos deliciosos: por la cadencia, el compás y el regusto. Perfectos.






