
PROGRAMA DEL MUSEO
La exposición, cuarta gran muestra que Rosenberg dedica al maestro del XVII, se abre hoy al público en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. «Es la más importante en la historia de este museo», comentaba el director del centro, Javier Viar, al dar cuenta de las numerosa numerosas pinacotecas que han prestado obras para la ocasión y del interés demostrado por el Metropolitan de Nueva York, que se sumó a la inicitativa al enterarse de la pretensión de Rosenberg, miembro de la comisión artística del museo bilbaíno, y que exhibirá a continuación la muestra en su sede de la Quinta Avenida.
«Mi director, Philippe de Montebello, regorganizó incluso el programa de exposiciones para poderla tener; nunca le había visto tan entusiasmado», comenta a su vez Heith Christiansen, conservador de pintura europea del Met.
La muestra, que está patrocinada por el Fundación BBK, reúne un total de 85 pinturas y dibujos, siempre preparatorios en el caso de Poussin, de quien existen censados más de 200 óleos. El Louvre, con seis pinturas y el Prado y la National Gallery de Londres, con tres cada uno, figuran entre los principales prestamistas.
«Tiene mucho sentido que esta exposición que se presente en España; los vinculos de Poussin con este país vienen de su propia época, de cuando la Corona española -Felipe IV- le encarga varios cuadros; ahí tenemos, por ejemplo, al San Jerónimo».
Los complejos paisajes ideales de Poussin, en los que conviven mitos e ideas clásicas, historias ejemplarizantes de la Biblia y la iconografía al uso en la pintura de época, contiene una visión personal sobre la vida individual y social.
Pintor antes de intelectuales y burqueses ilustrados que de reyes y papas, su trayectoria existencial va de Normandía, donde nace en 1594, a París, que apenas le dará suerte, aunque el cardenal Richelieu y el rey Luis XIII lograrán tenerlo a su lado de 1490 a 1942, en un alto de su prolongada vida en Italia, para acabar en Roma, donde muere en 1665. Allí bebe de las fuentes clásicas, lo mismo que de la literatura, la escultura y la pintura de sus coetáneos. Su pintura será de esta manera un ejercicio más libre que el de cualquier pintor de corte, y más complejo, de representación profunda del devenir del ser humano en el mundo. En ella se combinan por momentos las formas de Rafael y el colorido de la Escuela veneciana.
Más que un vistazo
«No son cuadros que se abarquen de un vistazo», explica Rosenberg. Así, las 'cuatro estaciones', que pinta en la última etapa de su vida para el conde de Richelieu, y de las que aquí están 'La primavera' y 'El verano', son una deslumbrante y completa metáfora sobre el vida.
Poussin «está atento a las horas del día y a las estaciones del año, pero para significar asuntos de tanta importancia como las edades del ser humano... Piensa sobre todo en la grandiosidad de la naturaleza y en lo pequeño que es el hombre. En 'El verano' -añade Rosenberg- estamos a mediodía, a buena hora todavía; el hombre aún tiene esperanza. Es el verano, es la cosecha. Hace calor y la gente bebe».
«En el siglo XVII -explica a su vez Christiansen, la vida se ve a través de los autoresx clásicos; para el espectador ésta es una pantalla que hay que traspasar para comprender a este artista, cuyas primeras pinturas son vigoroas y sensuales, propias de un joven, y que evoluciona hacia la austeridad y la melancolía».
Rosenberg pone como ejemplo un luminoso paisaje en el que sitúa al pensador griego Diógenes al borde de un riachuelo, donde un joven coge agua con sus manos para poder beber. «Diógenes piensa que él tampoco necesita siquiera de su cuenco para beber. Aquí Pussin todavía no es lo pesimista que será luego; es más bien estoico y piensa que el mundo hay que tomarlo como es...»






