Se retoma un viejo debate que convive con nuevas preocupaciones, como el posible ruido, paradójicamente sordo, de un coche estrellado en una carrera ilegal; al parecer, los amantes de la velocidad en circuitos no reglamentarios pasarán una temporada en la cárcel, centro de dudoso ocio que ni cierra en toda la noche ni abre por la mañana.
Mi débil fe en el género humano me empuja a confiar tanto en el cambio de actitudes al volante como en que se devuelvan los paraguas que los comercios vitorianos han empezado a prestar a sus clientes en días de lluvia; y si no, tiempo al mal tiempo.
Se cuenta que siempre pagan justos por pecadores, como demuestran las monjas estadounidenses cuyos conventos se acaban de poner a la venta para hacer frente a las travesuras de los curas que, no contentos con dejar que los niños se acerquen a Jesús, han optado por estrecharles también su larga mano.






