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La presión internacional obliga al jefe de la Junta birmana a recibir a la ONU
El líder militar aprovecha el declive de las manifestaciones para entrevistarse hoy con el enviado de Naciones Unidas
02.10.07 -
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La presión internacional obliga al jefe de la Junta birmana a recibir a la ONU
RUTINA. Los ciudadanos de Yangón intentan volver a la vida normal, como ir al cine, a pesar de las medidas de seguridad. / REUTERS
Hace una semana, miles de monjes budistas recorrían Yangón (antes Rangún), la principal ciudad de Myanmar (nombre oficial de Birmania), protestando contra la Junta Militar que dirige el país. Ayer, las imágenes que procedían de allí eran bien distintas: transeúntes cabizbajos caminaban hacia sus trabajos, algunas tiendas abrían, los autobuses retomaban el servicio y el tráfico circulaba de nuevo alrededor de las pagodas de Shwedagon y Sule, los epicentros de la revuelta cercados por el Ejército para impedir que los bonzos encabezaran las protestas.

Entre estas dos instantáneas, Myanmar ha vivido las manifestaciones más sangrientas desde 1988. Como entonces, el levantamiento tampoco ha derribado a un régimen militar que lleva en el poder 45 años y que, en 1988, sustituyó a un veterano dictador, Ne Win, por un grupo de generales. En el camino no sólo se han quedado las ansias de libertad de los birmanos. También han caído, al menos oficialmente, 16 víctimas mortales, pero la radio disidente Voz Democrática de Birmania calculaba ayer que la represión se habría cobrado 138 vidas y 6.000 detenidos, 2.400 de ellos monjes, y temía por la suerte de numerosos desaparecidos.

Mientras la oposición en el exilio, que se reunió el fin de semana en la frontera entre Myanmar y Tailandia, confiaba en relanzar las protestas, el 'hombre fuerte' del país, el general Than Shwe, hacía esperar al enviado especial de la ONU, Ibrahim Gambari. Los plantones del líder de la Junta Militar no son inusuales y aunque Gambari fracasó en su intento de entrevistarse ayer con él, parece que, debido a la presión internacional, el general recibirá hoy al emisario de Naciones Unidas.

Todo indica, pues, que la 'revolución azafrán' ha fracasado y que Birmania vuelve a la triste realidad. La de un país rico en minerales, piedras preciosas y recursos naturales, como gas y madera, que sin embargo es uno de los más pobres del mundo por culpa de la corrupta Junta Militar. Debido a la miseria reinante en Myanmar, donde el 90% de sus 50 millones de habitantes vive con menos de dos euros al día, en la vecina Tailandia hay un millón de emigrantes que, por sueldos irrisorios, realizan los trabajos más duros.

Huida a Tailandia

Es el caso de Sann y de Aung Myat, dos jóvenes de 27 y 26 años que, pese a tener orígenes muy diferentes, comparten un mismo destino. El primero es un humilde campesino del estado de Shan que vivía en una aldea sin electricidad ni agua ni teléfono. El segundo estudiaba Geología en la Universidad de Dagon. Pero ambos coinciden en afirmar que «en Myanmar no había salida».

A Sann, el hermano mayor de una familia numerosa en la que el padre murió en 1994, sólo le esperaba ayudar a su madre a vender arroz en la puerta de su casa. Por su parte, a Aung Myat los estudios tampoco le iban a dar un trabajo ni, mucho menos, los 140 euros que su familia necesitaba para subsistir, y que no podía reunir sólo con los 35 euros que ganaba el padre como chófer.

Por eso, las familias de ambos pidieron prestados unos 15.000 bahts (330 euros) con los que pagaron a las mafias para cruzar la frontera con Tailandia. «Pagamos sobornos a la Policía birmana y tailandesa», se quejó Sann, quien trabaja junto a Aung Myat vendiendo cervezas en un mercado nocturno. Ambos comparten un piso de 20 metros cuadrados con otras dos personas y ganan 6.000 bahts (133 euros) al mes, de los que envían la mitad a sus familias.
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