Por fortuna encontramos fácil consuelo en la idea de que aún peor que cumplir años es no cumplirlos, así como en el hecho de que, se ponga como se ponga alguna, existen edades que merece la pena revelar con orgullo.
Celedón, a quien, según sus vecinos de Zalduondo, su fama de bebedor y vividor precede, celebra hoy la cincuentena en plena forma y acompañado de sus coetáneos; de aquellas entonces mozas a las que sacó a bailar, pues bueno era; de sus amigos de la mili; o de sus compañeros en la cuadrilla de blusas, especialmente de los que un buen día le convencieron de saltar torre abajo sólo sujeto por un rudimentario y precario mecanismo que acabó por romperse, aunque, como a Arquímedes, Demócrito, Newton, Nobel o Fleming, esta casualidad le hiciera pasar a la historia.
Con el transcurrir de los años, obvio, se es más viejo, pero también más sabio; por eso, la jornada olerá hoy a historia viva y puros sin cava; y es que si ayer nos resultaba fácil identificar a los blusas y neskas txikis basándonos, como norma general, en la estatura, tampoco hoy nos resultará complicado reconocer a los blusas veteranos: son los que llevan el traje limpio.






