
Si usted desea que las neskas y los blusas no penetren en la zona en la que se encuentra, rodéese de esas nuevas baldosas con nueve mogollones cementiles que nuestro ilustre Ayuntamiento ha colocado en los pasos de peatones. Ya ha habido gente que se lamentaba porque hacen daño si llevas unas suelas finas, pero para los que calzan abarcas se convierten en una tortura: la mayoría da un rodeíto para evitarlas.
EL BLUSA CARNICERO
Lunes 6. En la plaza de Abastos hay una particular paz. Dani, el carnicero, no ha abierto porque ha salido de blusa. Martes 7. La paz en la plaza continúa, porque Dani no está para demasiados trotes y sorprendentemente está muy callado. Sólo dice, con carita de pena: «A medida que avanza la mañana estoy peor. Tengo las bolas destrozadas».
EMBOTELLAMIENTO
Salida sur de la plaza de España al término del descenso del Celedón Txiki. No se podía dar un paso. ¿La razón? Había un auténtico embotellamiento de sillas de niño. Costó un rato que el tapón se organizara y disolviera.
'EL TROMPETAS'
El blusa es minúsculo en edad y tamaño, pero tiene trompetilla de plástico y auténtica alma de blusero, variedad pelma. Con lo cual, y un buen par de pulmones que le ha proporcionado la naturaleza, soplaba por su pito con auténtica fuerza y afición. Un blusa mayor se dirige a él: «¿Cómo se nota que tú no estás de resaca!»
ATROPELLADOR CON BABERO
Otro blusa diminuto, muy jovencito, se divierte persiguiendo a su rueda con palito. Va encantado y, por supuesto, ciego: sólo tiene ojos para la bolita del interior ajaulado del invento. Y topa con un señor que, mientras le recoge e impide que se caiga, le dice: «¿Especie de atropellador con babero!» Sin duda, un caballero mezcla de capitán Haddock y de Chiquito de la Calzada.
BLUSA PACIENTE
Vuelta de los toros. Cuadrilla Los Alegríos. Uno de los integrantes, chico orondo, o mejor, muy rotundo, está demasiado alegre. Probablemente fundiría el alcoholímetro si se lo pusieran en la boca. Durante un buen rato se empeña en levantar los limpiaparabrisas de los coches. Un compañero, con ánimo paciente, comportamiento de un padre y, con seguridad, mucho más entonado en la normalidad neuronal, conseguía cada vez bajar los limpiaparabrisas, apartar del auto al enorme chaval juguetón y, sobre todo, hacerlo sin que el otro se ofendiera.
DON DE LENGUAS
Los dos jóvenes comentaban entre sí, en euskera, cómo regatear los precios con el vendedor de muy oscurísima piel -vamos, de esas que parecen de betún- de uno de los puestos del paseo de La Senda. Lo mejor es que los jóvenes pensaban que el otro no se enteraba de la jugada y es posible que sólo entendiera los números, pero esto lo hacía muy bien. «Hogeita» decía el indígena, «No, hogeitamar» contestaba el originario de África. Las cazaba al vuelo. Al fin, la pregunta obligada: «Euskeraz badakizu?» Y el vendedor, con una sonrisa de esas llenas de dientes: «Bai».







