
Los futbolistas no llegaron en las mejores condiciones. La estrella del equipo, el delantero Younis Mahmoud, perdió hace unos días a un familiar próximo en un atentado. El cuñado del portero Noor Sabri falleció en parecidas circunstancias justo antes de que comenzara el torneo, lo mismo que la madre del mediocampista Hawar Mulla Mohammed. Pero nadie falló ni se escondió por ello ni preguntó al compañero si era suní, chií o kurdo. Lo importante se jugaba con el balón.
Tal grado de superación personal y de compañerismo no ha pasado inadvertido al jurado del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes, que ha nombrado al equipo iraquí candidato al galardón. El próximo 5 de septiembre se sabrá si esta vez también han resultado ganadores.
Los jugadores hablaban durante el campeonato de practicar el fútbol «superando la barrera del dolor» y por encima de divisiones religiosas y étnicas.
El entrenador de la selección, el brasileño Jorvan Vieira, les ha tratado «como a hijos». En su mano no estaba hacerlo como profesionales, pues el equipo apenas ha conseguido financiación del Gobierno iraquí. El escaso dinero ha venido de la FIFA y de las federaciones asiáticas.
Por seguridad, la selección no puede jugar en su territorio. Las celebraciones de ayer, el día después de la victoria, no terminaron en sangría, como sí ocurrió la semana pasada, cuando el equipo ganó la semifinal. Los más optimistas aseguran que si un balón es capaz de unir a este país, no todo está perdido.






