
VIDA EN SOMBRAS
Quien conozca de forma parcial su filmografía, puede creer que el cine de Bergman es uniforme y se enmarca sólo desde una mirada filosófica, metafísica y religiosa. Que sus largometrajes -salvo para Woody Allen- resultan pedantes, trascendentes, aburridos. Craso error. Aparte de que sus películas abarcan un gran abanico de géneros, su constante inquietud reflexiva y artística le ha llevado a campos de experimentación expresiva que van más allá de la supuesta densidad y solemnidad de los asuntos que propone. La vida, la muerte, el amor, la pareja, la familia Según muchos de sus cronistas, Bergman parecería abordar siempre sus temas con la prepotencia de la mayúscula, con la altanería del erudito que habla a su grey desde el púlpito. El propio Bergman se lamentaba al respecto: «Yo no soy quienes creen que soy».
Más allá de su imagen de artista mítico y atormentado, lo que importa de sus casi cuarenta títulos es la mirada que dirige sobre el hombre y la mujer contemporáneos, incapacitados para el amor y la comunicación, condenados a ocultar siempre sus sentimientos tras una máscara cuya opacidad sólo puede conducirles a la neurosis y a la muerte. Al autor de 'El séptimo sello' le basta con que uno de sus actores-máscara mire fijamente a la cámara para que el espectador quede desarmado y cautivo de la ficción.
El rostro de su madre
Hijo de un pastor protestante que le condenó a una educación religiosa y severa, Ingmar Bergman nació en Uppsala en 1918. Abandona a su familia para estudiar en la universidad de Estocolmo, donde se licencia en Letras e Historia del Arte. Interesado por el teatro, no tarda en escribir y dirigir varias obras y, sin abandonarlo ya nunca, comienza una carrera paralela en cine como una forma fácil de obtener dinero para mantener a sus sucesivas esposas -se casó cinco veces- y a sus nueve hijos.
Si bien el primer periodo de su obra se caracteriza por dirigir encargos cercanos a sus intereses como parte del apredizaje del oficio, a partir de mediados de los cincuenta se da a conocer internacionalmente. Logra el dominio de la técnica cinematográfica así como el pleno desarrollo de su fuerte personalidad.
En 1945, la Svensk Filmindustri le encarga dirigir su ópera prima, 'Crisis', en la que ya se atisba la sublimación de sus obsesiones en un personaje. Tres años más tarde, 'Prisión' le consagra: refleja la influencia de sus dramaturgos de cabecera, Ibsen y Strindberg, en su empeño de estudiar el alma del ser humano, sus aspiraciones en contradicción con el entorno que le rodea. 'Tres mujeres', 'Un verano con Mónica' y 'Sonrisas de una noche de verano' se rinden a los rifirrafes sentimentales.
'El séptimo sello' (1956) inicia su lista de clásicos. Como ella, 'Fresas salvajes' (1957) y 'El manantial de la doncella' (1959) son obras trascendentes en el estricto sentido del término, películas donde se muestra atento al ritmo visual y al detalle metafórico, deteniéndose en escrutar el rostro de sus personaje mediante el primer plano para reflejar los aspectos más íntimos del ser humano. Según escribió en su relato autobiográfico 'La linterna mágica', todo se debía a la obsesión por reproducir el rostro de su madre.
Los sesenta son para Bergman años de indagación formal y reflexión interiorizada, una etapa que se abre con 'Persona' (1966) y se cierra con la magistral 'Gritos y susurros' (1972). Después vendrían la impúdica 'Secretos de un matrimonio' (1973) y 'El huevo de la serpiente' (1977), una reflexión sobre el auge del nazismo que coincide con su estancia en Alemania tras huir de Suecia a causa de un escándalo fiscal.
De vuelta a su país, 'Fanny y Alexander' recupera su infancia y la pasión por el espectáculo. Este largometraje con cuatro Oscar cierra su filmografía, si no tenemos en cuenta 'Saraband', una película rodada para la televisión sueca en 2003 con Liv Ullmann y Erland Josephson, sus actores fetiche, recuperando sus personajes en 'Secretos de un matrimonio' treinta años después.
Ignorado durante mucho tiempo en Suecia, acérrimo defensor del cine europeo frente a la prepotencia de Hollywood, Bergman defendía que sus películas «no surgían jamás de la reflexión, siempre hay una razón emocional». Hace diez años no fue a recoger la Palma de Oro honorífica en Cannes, que le reconocía como el cineasta vivo que ha dejado mayor huella en la historia del cine. Un desplante que disculpó por la muerte de su última mujer.









