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Cultura

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El demonio interior
31.07.07 -
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ABergman lo he aprendido a apreciar a medida que me he ido dedicando a este oficio. Ha hecho siempre lo que ha querido, se ha guiado por su instinto mucho más que por los vaivenes de las modas. Un ejemplo de resistencia incapaz de hablar mal de sus colegas, que ha ignorado las modas de Hollywood y hasta la llamada del festival de Cannes. Bergman ha rodado pensando en sus obsesiones, que a mucha gente le pueden cargar, pero son suyas. Como todos los grandes narradores, es más sencillo de lo que nos hacen creer. Evidentemente tiene películas complejas, incluso fallidas, pero otras son perfectamente disfrutables por cualquier espectador. Ha abordado temas densos como las relaciones paterno-filiales y la muerte, pero también ha tenido sentido del humor y ha firmado cintas gloriosas sobre el matrimonio y la infancia. En todas ha hablado con libertad del demonio que llevamos dentro.

Su influencia es más grande de lo que pensamos, porque ha permitido hablar de pequeñas cosas con pocos personajes en la intimidad y seguir haciendo buen cine, algo que era tan fácil ni antes ni ahora. Bergman ha hecho posible que exista una rama del cine hecha con los fuegos artificiales justos. Ha contribuido a su pluralidad. Otra cosa es que haya tenido la mala suerte de tener la buena prensa equivocada. Se lo apropió en su peor época la crítica más densa y pesada de los años setenta, aquella para la que el placer era algo negativo. Ellos alejaron a Bergman del placer de los espectadores. Hay que volverle a ver sin prejuicios, sin tanto libro de ensayo al lado. Woody Allen le ha reivindicado, hasta ha usado su operador y actores, pero los cineastas tenemos que tener mucho cuidado con imitar a quienes admiramos. Las peores películas de Allen han sido las más imitativas de Bergman, como 'September', de la misma forma que las peores de Truffaut fueron aquellas en la que imitaba a Hitchcock.

Hace poco vi un documental sobre Bergman. Sus opiniones sobre la vida y el cine eran lúdicas. Tenía un cine en la isla de Faaroö y veía películas todos los días con sus nietos. Decía cosas brutales: Orson Welles estaba sobrevalorado y Billy Wilder era un maestro. Hizo lo que quiso. Nunca fue un moderno pretencioso.
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