Su influencia es más grande de lo que pensamos, porque ha permitido hablar de pequeñas cosas con pocos personajes en la intimidad y seguir haciendo buen cine, algo que era tan fácil ni antes ni ahora. Bergman ha hecho posible que exista una rama del cine hecha con los fuegos artificiales justos. Ha contribuido a su pluralidad. Otra cosa es que haya tenido la mala suerte de tener la buena prensa equivocada. Se lo apropió en su peor época la crítica más densa y pesada de los años setenta, aquella para la que el placer era algo negativo. Ellos alejaron a Bergman del placer de los espectadores. Hay que volverle a ver sin prejuicios, sin tanto libro de ensayo al lado. Woody Allen le ha reivindicado, hasta ha usado su operador y actores, pero los cineastas tenemos que tener mucho cuidado con imitar a quienes admiramos. Las peores películas de Allen han sido las más imitativas de Bergman, como 'September', de la misma forma que las peores de Truffaut fueron aquellas en la que imitaba a Hitchcock.
Hace poco vi un documental sobre Bergman. Sus opiniones sobre la vida y el cine eran lúdicas. Tenía un cine en la isla de Faaroö y veía películas todos los días con sus nietos. Decía cosas brutales: Orson Welles estaba sobrevalorado y Billy Wilder era un maestro. Hizo lo que quiso. Nunca fue un moderno pretencioso.






