Un lugar tan adecuado que, el 18 de julio de 1860, un grupo internacional de astrónomos se juntaron allí para observar a su placer un eclipse total de Sol. No soy ningún experto en la historia de la ciencia de las estrellas, pero en una investigación rápida sobre las más famosas expediciones para ver tales efemérides no aparece ninguna referencia a Vitoria. En consecuencia, la única forma de recordar semejante sinsorgada -que también nombra a la calle de la parte alta del barrio- es un monolito que se eleva, hoy, en el centro de un jardincillo pero que, en mi recuerdo, está en la cumbre del monte. Pues bien, la pequeña y vieja pirámide de arenisca, en la que alguien se ha molestado en pintar de rojo las antiguas letras y hacerlas así legibles, presenta un aspecto lamentable. Algún majadero lo ha firmado con su 'spray', pero lo importante es que el monumento está feo y como abandonado. ¿No podría cambiarse a punto de cumplirse su 150 aniversario? Su importancia es muy menor, pero habla del optimismo decimonónico por la ciencia. Un encanto, recordar tal banalidad.
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