
EL GANADOR
De Semur se parte en bajada, por un empedrado. Los dorsales apiñados del Astana hacían de cofradía para Vinokourov, con treinta puntos de sutura barajados por las rodillas, y para Kloden, tieso sobre el sillín, notando la aguja de cada pavés sobre su coxis fisurado. Ojos acerados, fieros, de Vinokourov. Mueca doliente de Kloden. Les costó pasar del frío al calor. El pulso les latía en las heridas, legado de la trinchera de Autun. «Al principio hemos tenido que empujar a Vinokourov», confesó Dani Navarro, uno de los suyos. Al final, a ocho kilómetros de la meta, Vinokourov se fijó en la cámara de televisión. Elevó el pulgar derecho y se lo pasó por el cuello. Sangría. Decapitado. Con el dolor hasta la garganta. Pleamar de escozor. Eso dijo. Hoy le volverán a preguntar los Alpes. Su Tour sigue en suspenso. Por delante les espera un trabajo para Hércules. Misión casi imposible.
Hércules era hijo del dios Zeus. Inmejorable genética. El padre de Wiggins era un australiano especialista en velódromos. Un pirata que tuvo un hijo en Gante (Bélgica) mientras corría pruebas de pista. Ahí nació Wiggins. En el anillo. Y ahí ha vivido. Girando. Es campeón olímpico de persecución; habituado a ver cómo madura la sombra de su rival. El padre de Wiggins era una bestia. Su hijo se fijó ayer una misión titánica. Otro Hércules. Tras Semur, sólo había una recta. Un golpe de llano. Paisaje horizontal batido por el viento. Una cortina llena de aire. Pesada. Por una vez, Wiggins se salió de la pista en el kilómetro 12. Nada de óvalos en el velódromo. En recto. Disfrutó sufriendo. «Ha sido una bella jornada. El público ha estado increíble». Tenía una sonrisa vencida por el cansancio. A 6 kilómetros de la meta, cayó doblado sobre la línea. Ese trabajo no lo pudo acabar ni Hércules.
Pero sí el último. Tras una etapa amortiguada por el viento enemigo,comenzaba la batalla. El sprint. La cuneta, ancha, permitía colocarse. El Quick Step de Boonen venía agrupado. Buena señal. Estaban intactos. Dean (Credit) escoltaba a Hushovd. McEwen andaba por allí de paso. Como siempre. Cuidado. Estaba la camada al completo: Zabel, Napolitano, Benatti, Forster, Hunter, Ventoso... Y Freire. Con la única compañía de su forúmculo, vivo, agujereándole el sillín. Todos frescos bajo el primer día sofocante de este Tour. Demasiados. Cada sprint ha sido un jeroglífico. Nadie ha dado con la solución dos veces. Tienen algo de lotería. De reto. Para valientes. Ya lo dice el carnet de los velocistas. De profesión: esprinter. Estado civil: zumbado.
La avería de Boonen
Todos querían ser Hércules. La potencia. En medio del zig zag, surgió Boonen. A su estilo: excesivo, doloroso. Pedaleando con los brazos, con la chepa. Tosco. Tras él, agazapado, Benatti se diluía. Aún no llega. Y justo detrás, el cántabro, que sabía que era su última etapa, su despedida. Freire aparece sólo en medio de un parpadeo. Es instantáneo. Nadie fue más veloz en los últimos 100 metros, pero no le valió para alcanzar a Boonen, que cabeceaba. El belga, a escorzos, apartaba rivales. Rozaba la ilegalidad. Él se justificó así: una rueda ajena le había inutilizado el cambio. Iba encallado en el piñón pequeño, el 11, el que estruja. El que hubiera utilizado Hércules.
Cerca, Vinokourov, de pie, quebrado y preso de la vendas, vomitaba en el coche del Astana. No había perdido tiempo, pero quizá haya perdido el Tour. Acabó al borde del abandono. Hoy tiene una misión para Hércules.






