
Chablis, la ciudad donde ayer arrancó la etapa, es famosa por su vino blanco. Seco y ligero. Como Soler. Un racimo de venas le ocupa las piernas. Y un par de tatuajes, los brazos. «No sé qué significan». Sólo decorativos. Para tapar los mordicos de las caídas. Tiene 24 años y viene del altiplano, de Ramiriquí, al lado de Duitama, donde Olano ganó el Mundial. En Ramiriquí también, un pueblo anclado entre dos puertos, nació Lucho Herrera, el colombiano que llegó a a ganar la Vuelta a España y que se impuso en tres etapas del Tour, incluida la que acabó en 1984 en Alpe d'Huez. «Yo me aficioné por Lucho. Verle me animó». Era eso, ser ciclista, o el campo. Soler le pone un porcentaje a ese dilema: «El 70 por ciento de mi familia se dedica a los cultivos de clima frío». ¿Qué recogen? «Eso, cultivos de clima frío». No se le ve ducho en agricultura. A él, le gustaba más ser como Lucho. A la conquista de Europa.
'Colombia es pasión'
«Cuando más duro es el recorrido, mejor para él», avisa su director, Alberto Volpi. «Es un chico humilde. Con clase. Va a estar muchos años aquí», añade Cárdenas. «A mí me queda poco, estoy al final de mi carrera, pero el futuro es de Mauricio». Relevo. Vienen de muy lejos. Sin tiempo que perder. Rotulan la ruta de conquista el revés: de América a Europa. En busca de oro. «Mi primera bici la compré a medias con el municipio», explica Soler. El Ayuntamiento de Ramiriquí le pagó la mitad. Con ella se hizo escalador. No tuvo otro remedio. De su casa se puede salir hacia un puerto de 12 kilómetros o hacia otro de 22. Carretera hacia el cielo: Ramiriquí está ya a 2.300 metros de altitud. Los puertos del Tour no alcanzan esa talla.
«Aún me cuesta acostumbrarme al ritmo en las etapas llanas». Claro. El año pasado debutó con la escuadra italiana del Acqua e Sapone: fue segundo tras Iban Mayo en las Lagunas de Neila, en la Vuelta a Burgos, y ganó el Circuito de Lorraine. Ahora está con Cárdenas en el Barloworld. Y crece: sólo Di Luca pudo con él en la Milán-Turín. «Nos queda verle en la montaña de una gran vuelta», se frena Volpi, a dos días de sus primeros Alpes en el Tour. «Mauricio tiene que aprender. En poco tiempo, puede ser un gran escalador», pronostica Cárdenas, antiguo corredor del Baqué. «Sí, claro, a mí lo que me gusta es la montaña», apoya el propio Soler, que, disciplinado, parte a rueda de su cicerone camino del control de firmas. Su nombre aún se pronuncia en voz baja. Su perfil, en cambio, mira hacia arriba.
Un escalador muy alto. Igual que las expectativas que ha despertado en Colombia. Le avala su pueblo, Ramiriquí, 'tierra blanca' traducido del idioma indígena. Pueblo con un mina de esmeraldas. Y otra de ciclistas: el nuevo equipo allí impulsado por el Gobierno le aguarda.
«El año que viene tendremos ya cuatro millones de euros de presupuesto», anuncia Antonio María Arias, director de Coldeportes. El dinero no es problema. Es un plan para una década. Las empresas el país quieren un escaparate europeo. Un eco. «Ya hemos tenido la oferta de dos equipos del UCI Pro Tour para asociarnos con ellos. Nuestro objetivo es llegar al Tour en tres años». Soler tendrá entonces 27, la edad redonda de un ciclista. Perfecta para entonar el nuevo himno de los escarabajos: 'Colombia es pasión'. Lo que pondrá en el maillot de los herederos de Lucho Herrera.






