
Se trata de un movimiento de autodefensa ejecutado atropelladamente, porque Europa ha dejado de ser retaguardia de muchas organizaciones violentas (islámicas, kurdas), que preparaban desde ella sus acciones en tierras lejanas, para convertirse, ella misma, en objetivo. El terrorismo islámico, con el carácter global de su amenaza a Occidente, ha forzado a Europa a modificar la acomodada posición que mantenía ante el fenómeno del terrorismo internacional, que se traducía en una solidaridad a posteriori con unos afectados siempre lejanos.
La UE, además, no tiene estructuras comunes de carácter operacional para la lucha contra el terrorismo o la mejora de la seguridad. Son competencias de los Estados miembros que, por su delicado carácter, se ejercen con absoluta discreción y para las que sólo se ofrece colaboración a otros Estados cuando la confianza y la identidad de intereses son totales. Así sucede entre España y Francia con ETA.
La figura del Coordinador de la UE para la lucha contra el terrorismo, establecida a raíz de los atentados del 11-M, es un paradigma de lo dicho. El hasta ahora primer responsable de la oficina, el holandés Gijs de Vries, dimitió del cargo en febrero por razones personales, aunque fuentes bien informadas aseguran que en su decisión pesó la constatación de que sus funciones eran de escasa relevancia. No sólo no ha sido sustituido, sino que no parece haber urgencia en hacerlo.
Discusiones estériles
Porque Europa no es un Estado. No hay una autoridad presidencial que, tras escuchar a sus servicios de seguridad, impone determinados protocolos en las aduanas del país, como ha sucedido en Estados Unidos. En Europa, ante la constatación de que las fronteras no están bien guardadas, se suscita primero una enorme discusión sobre los poderes que tendrían los guardias de fronteras desplazados desde otro país para reforzar la protección fronteriza en un determinado enclave, seguida de otra, no menos intensa, sobre quién correría con los costos. Y la una, como la otra, suelen resultar infructuosas.
La construcción europea es un proceso diseñado para alcanzar una unión política a través de la colaboración económica. En el equilibrio resultante de la II Guerra Mundial, la seguridad de Europa quedaba reservada a la OTAN, y así sigue siendo. Así, lo que la UE está haciendo desde el 11-S es, esencialmente, tapar agujeros. Los propios -y enormes- de una unión aduanera diseñada para el tráfico libre de bienes, servicios, capitales y personas, que tan útiles resultan a los terroristas para moverse a su aire.
Empezando por las fronteras. La Comisión europea acaba de anunciar un plan para implantar en Europa un montaje similar al que funciona ya desde hace años en EE UU, para identificar a todos los pasajeros aéreos procedentes de terceros países. Se trata de un complejísimo dispositivo de chequeo en tiempo real de listas de pasaje aéreo (PNR) y cruce de esas informaciones con otros bancos de datos, en busca de referencias que puedan singularizar a un viajero como relevante por cuestiones de seguridad. La disposición de los estados para crear esta herramienta es buena, aunque aún no hay plazos.
El fracaso cosechado por el Consejo en la definición de un cuerpo aduanero común (demasiado poder, demasiado caro), fue camuflado bajo una serie de acuerdos puntuales de eficacia relativa, que algunos Estados, como España, han utilizado para presentar ante la ciudadanía una solidaridad europea con problemas propios quizás sobredimensionada. Se trata de la Agencia de Fronteras (Frontex), y de la constitución de un cuerpo de medio millar de especialistas en cuestiones aduaneras, RABIT, que podrán ser destacados temporalmente a lugares fronterizos conflictivos. Se ha creado también una base de datos de material puesto a disposición por los Estados miembros, a título voluntario, para frenar a la inmigración ilegal. Consta de 27 helicópteros, 21 aviones de diferentes características y más de 100 buques y embarcaciones.
Espacio interior
Eso en lo que concierne a las fronteras. Porque de puertas adentro se ha actuado también, intentando, sobre todo, poner coto a los movimientos de criminales o inmigrantes ilegales. El principal logro es la Orden europea de Captura y Entrega, la denominada Euroorden, que ha permitido la extradición acelerada de más de 2.000 presuntos delincuentes.
Ha habido otras actuaciones en la coordinación de la acción policial y judicial. Un ambicioso proyecto, el Fiscal Europeo, se ha visto reducido en los últimos acuerdos del Consejo a funciones de lucha contra el fraude al presupuesto comunitario, y sin encarnación de la institución en una figura personal. Será, por lo tanto, una Fiscalía. Existe una unidad de coordinación de actuaciones de jueces y fiscales, Eurojust, cuya actividad crece exponencialmente y ha sido creada una Escuela Europa de Policía, CEPOL, que ya ha puesto en marcha programas de formación en la lucha contraterrorista.
Se trabaja incluso en la Política Exterior y de Seguridad Común, porque Europa tenía demasiados agujeros de seguridad. Van siendo cerrados uno a uno y resultará sumamente difícil reabrirlos. Pero el trabajo es lento, incluso frustrante, como reconocen los especialistas del medio con la boca pequeña cuando se les pregunta por ello.






