
EL HELADERO
Leonardo Sáinz. 41 años
«Todavía no he visto el sol»
Leonardo Sáinz acaba de tener unos días de tregua. O sea que desde el jueves ha podido hacer caja gracias al buen tiempo. El suyo es un negocio de temporada: vende castañas en invierno y helados en verano. Y el estío sólo son cifras de calendario, por ahora. Dice que sigue escondido. «Todavía no he visto el sol. Un sábado y estos tres días», apunta. Debería estar feliz con esos anuncios del cambio climático que prevén un calentamiento paulatino de la tierra, pero él asegura que al final todo se ha revuelto. «Llevamos unos años que no hay verano aquí en Garaio. No hay dos días seguidos buenos. Este junio ha sido el peor en diez años», se queja en el parque provincial donde él aparca su heladería movil.
Cuando 'lorenzo' brilla y golpea el acero inoxidable de la cámara frigorífica de la furgoneta a Leonardo se le achican los ojos de cerrarlos. «Tenemos que lijar la superficie porque nos abrasa», comenta. Y no es broma. La tarde no es de las de sol y moscas y en la furgoneta el termómetro supera los 28 grados. Pero que nadie se preocupe. El buen helado de la marca Alacant que vende Leonardo se sirve a menos 16 grados centígrados y por la noche se conserva a 22 negativos. Es la primera cámara que se hizo en Vitoria hace ya un montón de años.
El heladero tiene 41 años y lleva desde los 15 en Vitoria, procedente de Cantabria. Empezó de empleado y ya es su propio patrón. En un negocio, cuyo futuro siempre está en entredicho. «Antes vendíamos mucho más porque éramos los únicos. Ahora todo el mundo vende helados, desde las tiendas de chucherías a las gasolineras o las grandes superficies y las maquinitas. Y llega la hora mágica. Las 7 de la tarde, cuando el sol deja de picar y los niños piden la merienda. «No hay mejor alimento en verano que un helado», se oye decir a una madre. Y Leonardo asiente.
EL MONITOR DE BICICLETAS
Jesús Enjuto. 20 años
«Me gusta ganarme lo que voy a gastar»
El título de la obra de teatro de Fernando Fernán Gómez, luego película, 'Las bicicletas son para el verano' sería un eslogan perfecto para el oficio de Jesús. Es monitor de bicis en el parque provincial de Garaio, donde se alquilan 56 máquinas de dos ruedas por 2 euros desde las 12 de la mañana a las 8 de la tarde, todos los días hasta septiembre. «Es un éxito. Sobre todo los fines de semana. No damos abasto», comenta este joven vitoriano que acaba de terminar una carrera profesional con mucha leyenda: gestión y organización de los recursos naturales y paisajísticos. Algo que le da posibilidades para ser guarda forestal y una formación relacionada con lo que le gusta: la naturaleza.
La casa de información del parque de Garaio es un lugar privilegiado. Las hiedras y un nogal envuelven un muro que cierra la pequeña era donde se aparcan las bicis. Sentado en una vieja viga de madera Jesús observa los movimientos del cigoñino que ha criado sano en la arruinada torre de la iglesia del pueblo abandonado. La vida, sin vecinos, expulsados por el embalse ahora hace 50 años, respira de otro modo.
Desde que comenzó a estudiar Jesús ha trabajado todos los veranos en oficios de temporada, descargando camiones, embalando productos o regando y desbrozando jardines. «Me gusta ganarme el dinero que luego me voy a gastar y tener algo para el curso», dice Jesús que, además de las bicis de alquiler y de su mantenimiento, informa a los usuarios que preguntan por las rutas posibles del parque y vigila el buen uso de todos los servicios. «No conozco ningún trabajo de temporada que se gane muy bien. Tal vez, los socorristas, pero tienen mucha responsabilidad. Pero no me quejo, aunque ellos liguen más. Esto me gusta».
EL MÚSICO DE VERBENAS
Alfonso Aranguren. 33 años
«Las fiestas de los pueblos se mueren»
De las 80 verbenas veraniegas de un grupo clásico como Drakkar hace unos años se ha pasado a unas 30 en la actualidad, una tendencia a la baja que habla de que las fiestas de los pueblos se mueren. Se nutren ya de programas sin música en vivo o se caen las verbenas por los controles de alcoholemia o porque la gente se mueve menos. «Se prefiere lo pregrabado industrialmente. Nosotros aún representamos la artesanía musical. El directo sin trampa ni cartón», se defiende Alfonso Aranguren, batería de la banda, una de las mejores que se han batido el cobre en los pueblos. Tal vez se pueda pensar que los legendarios Drakkar con 30 años de veteranía tocan de oficio en Pangua y se rompen la camisa en Araia, según el número de gente que hay en la plaza. Pues no. «Lo damos todo en cada actuación que para nosotros es un concierto serio porque la energía que se crea entre el público y los músicos es algo especial. Tocamos con dos cojones. Yo me cargo las baquetas -los palos- cada dos verbenas. Llevamos 80 canciones y estamos durante cuatro horas con media hora de descanso y si hace falta , tocamos hasta el amanecer en las gaupasas, otra costumbre nueva», cuenta Alfonso. Un tipo que «disfruta tocando porque nos lo creemos» y que desmiente rotundamente que los músicos liguen. «Nosotros estamos a lo nuestro. Los de abajo son los que están al roce», asegura con sonrisa picarona.
La lírica está tan mal que si bien antes muchos músicos vivían durante el año de los bolos del estiaje ahora «nos tenemos que dedicar a otras cosas, amenizar saraos, la enseñanza o lo que sea. Las verbenas son insuficientes».
EL GUÍA TURÍSTICO
Enrique Calvo. 20 años
«Hay días que no paramos»
Es curioso. Se puede hablar durate horas del estilo arquitectónico del palacio de Villasuso, de su irregular patio, de su arco ojival, de su formidable galería renacentista, de su capilla ahora reconvertida en salón o de su inmenso escudo junto a las escaleras de San Bartolomé. Pero «lo que se va a quedar en el visitante es la leyenda de la mujer emparedada. Un cadáver aparecido en una de las restauraciones, enterrada deprisa y corriendo. ¿Una amante?, ¿una hija no deseada? Somos así. Nos quedamos con la anécdota». Lo cuenta Enrique Calvo, estudiante de tercero de Historia del Arte y por segundo año consecutivo guía veraniego en el palacio de Villasuso con la empresa Guías Artea. Una tarea que alterna con la prestación de bicicletas en la oficina de turismo del Parlamento. El trabajo es de 11.30 a 13.30 y de 17.30 a 19.30 de lunes a domingo.
Para Enrique, el verano es una oportunidad. «Lo económico es secundario. Lo importante es que aprendes y pones en práctica lo que estudias. Ya sé que no puedo cogerme vacaciones. Pero es un pequeño sacrificio que vale la pena». Enrique se ha convencido del potencial de la ciudad. «El año pasado hubo días que no parábamos. Y las bicicletas son una idea genial», subraya el joven guía.







