
La 'dos' de Wimbledon es el reducto del tenis popular en este torneo de fresas con nata, duques en el palco real, amenaza perenne de lluvias o recogepelotas que parecen instruidos en una academia militar. En la dos no hay asiento reservado y la grada la ocupan los que esperan toda la noche a que abran la puerta del All England.
A Nadal lo enviaron ayer allí quizás porque se quejó alegremente tras la victoria contra Soderling de una organización que añadió suplicio a su maratón de cuatro días. Lo enviaron, quizás como réplica, a la pista que comparte marcador con la tres, donde hay una grada de a pie y los entrenadores se sientan entre el público.
«Como todo es más pequeño parece que la bola va más rápida», dijo Nadal sobre la pista, tras una victoria en cinco sets (4-6, 3-6, 6-1, 6-2, 6-2), que encantó a un público vivaz y caliente, que aplaudió con ganas a los dos tenistas en un partido de resultado incierto y de juego formidable.
Mijail Youzhny pareció en los dos primeros sets el mejor tenista del mundo. Hallaba el tiempo adicional de Federer para componer una variedad inacabable de raquetazos fluidos. Ni Federer tiene un revés cruzado de fondo a fondo de la pista con la precisión y audacia que mostró Youzhny. Nadal no jugaba mal, pero no encontraba ningún arma en su arsenal que desvelase debilidades en el del rival. El inminente adiós de Nadal era un gran espectáculo.
Versiones del sueño
Las explicaciones de Nadal y de Youzhny sobre lo que ocurrió después eran divergentes. El español explicó que el ruso cayó un poco, algo típico del tercer set, y que él elevó al mismo tiempo su juego: «Fui más agresivo y decidí dar cada golpe con intención». Ya se sabía que Nadal nunca se rinde.
Youzhny padece desde hace un par de años un mal extraño, que los médicos no consiguen curar. Cuando avanzan los partidos duros, le viene un dolor entre la columna y la cadera. Le obligó a retirarse del torneo de Halle, en junio; reapareció aquí en la segunda ronda, contra Gilles Simon. Y en el tercer set, ayer.
El moscovita dudó. No quería mostrarle al finalista del año pasado síntoma alguno de debilidad. Al terminar el tercer set aceptó lo inevitable y pidió la presencia del masajista. Luego, decía que contra Simon puedes jugar con dolor y ganar, pero no contra Nadal, que es capaz, como ayer, de crecerse y jugar como nunca en su vida.
El del Nadal optimista, golpeando con una dureza que asombró al público de la pista dos, alcanzando todas las bolas, apurando a las líneas para mover aún más al ruso, fue otro gran espectáculo. Ganó. Y ahora se enfrentará en cuartos con su bestia negra, Tomas Berdych.
Pero era inevitable ayer sentir simpatía hacia Youzhny, que aceptó la derrota con una sonrisa y creó con el público una comunidad de afecto. Y simpatía hacia su entrenador, el profesor jubilado de matemáticas, Boris Sopkin, que lleva al moscovita desde que tiene 11 años, y acabó el partido, él, que ya tiene una ligera joroba, con la cabeza hundida y entre sus manos. Había visto, allí sentado entre el público de la pista dos, la perfección de un sueño y su destrucción.






