
Pablo de Santis (Buenos Aires, 1963), que en el libro comenta varias veces lo mucho que hablan los argentinos pero que rompe el estereotipo en persona, quería montar «una metáfora de los secretos y los enigmas que hay en la vida. Por eso nos gustan las novelas policíacas: porque sabemos lo que son misterios en la realidad», explicó en Bilbao, donde llegó con Cueto (Lima, 1954) para presentar su obras respectivas. Para ello recurre a un joven compatriota que quiere ser detective. «Es el joven inexperto que se asoma al mundo por primera vez, lleno de ilusión», para descubrir que no todo es tan bonito.
Cueto, sin embargo, recurre «al peso de la amistad y del ayer, a la culpa y el perdón» en un libro en el que además se apunta a muchos de los problemas de nuestros días: el acoso escolar, la violencia, y sobre todo «esa nueva religión que es el culto al cuerpo». La búsqueda de la perfección física se ha convertido en un mandamiento, las dietas en penitencias y los gimnasios en iglesias; una presión especialmente fuerte para las mujeres, sus protagonistas.
Metáfora de Argentina
Una es una mujer gorda, sola y resentida -«y te parecerá mentira, pero mientras escribía, todas las mañanas en el mismo café en Lima, frente al mar, había una mujer así en el establecimiento», sonríe el autor-; la otra, una triunfadora que no lo es tanto al final. «Ella aspira a estar tranquila, como todos, porque a estas alturas ya sabemos que la felicidad no existe», dice Cueto.
El inocente personaje de 'Los enigmas de París' todavía cree en ellas. Era otro siglo. Y esa fe sirve incluso para retratar su país de origen. «Durante aquella exposición universal los argentinos armaron un enorme pabellón que luego transportaron a Buenos Aires, entero. Con el tiempo fue destruido, pero hace poco encontraron algunos restos», explica De Santis. «Es una metáfora de la Argentina», sostiene.
Preguntados por qué la literatura latina resulta tan atractiva, hasta el punto de organizar un premio literario específico, ambos coinciden en que no puede hablarse de una literatura de rasgos comunes. Lo importante es que hay muchos «contadores de historias» dispuestos a «comunicarse», dicen.






