MAYORES Y A PLENA ACTIVIDAD LOS 80 SON NUESTROS

La expectativa de vida sigue creciendo, estamos en 79,7 años (76,2 para ellos y 83 para ellas). Tanto Joaquín como las otras personas en este reportaje han superado esta barrera. Son cuatro de los dos millones de españoles octogenarios, el segmento de población que más ha crecido en nuestro país, un 66% en 15 años -frente al 13% del resto de la población-. La mejora en la calidad de vida hace que muchos sigan plenamente activos, echando por tierra el tópico que los pinta sentados en un banco, viendo la vida pasar.
LOS RECUERDOS. SENTIRSE BIEN
Que se lo cuenten si no a Ramiro Pinilla. De él dijo su colega Unai Elorriaga: «Imagino que Ramiro, hace ya cientos de años, empezaría un día a escribir». Y también: «A sus 83 años, sigue siendo un chaval que coge carramarros en la playa de Arrigunaga». Ramiro sí ve mucho futuro por delante de él: «Tengo proyectadas varias novelas, tengo para escribir hasta el fin. Ahora estoy con una policíaca, así empecé de joven». Pero no está aquí para hablar de literatura, sino de lo que significa ser octogenario y mantener la ilusión y la actividad. Sobre esto puede dar un máster y servir de hilo conductor en esta historia. Se siente al 100% de su capacidad creativa, «igual que con 20 años, y eso es consolador y alentador. Con esa edad, por mis aficiones, mis hábitos, mi visión de la sociedad, pensaba: 'yo estaré bien cuando sea viejo'. Y es así, me siento muy bien».
Una de las razones para que se sienta tan a gusto es que ganó el premio Nacional de Narrativa en 2006 por 'Verdes valles, colinas rojas', una trilogía de más de 2.000 páginas. El tercer volumen repasa desde Getxo, su pueblo, la Guerra Civil y la dictadura. Una de las cosas que comparten los octogenarios de hoy es que todos ellos vivieron la guerra entre la niñez y la adolescencia. Francisca González se acuerda de aquellos tiempos, cuando se escondía en el sótano del número 17 de la bilbaína calle Labayru, utilizado como refugio contra las bombas. «Dile a Ramiro que me he leído su libro y que me ha gustado mucho, que me ha hecho recordar», pide Francisca. Ramiro le da las gracias: «Qué simpática, cualquiera no se atreve con tantas páginas».
Francisca asegura que lo mejor que tiene a sus 83 años son los recuerdos: «Sobre todo cuando nacieron mis tres hijos». Ramiro opina: «Te sientes acompañado, aunque sabes que es mentira. Recuerdo a una persona querida, sé que ya no existe, pero bueno. Durante un ratito, quizás al despertarme o al escuchar alguna música o con algún olor, vienen los recuerdos. Pero no les permito más; yo estoy aquí y ahora voy a vivir».
CONTAR LA VIDA. ESCRIBIR
Francisca perdió a su marido hace un par de años. Sus tres hijos ya son mayores y vive sola. «Estuvimos 59 años juntos y los últimos tiempos estaba volcada en él, cuidándole. Cuando murió, me quedé con mucho tiempo libre y sola. Necesitaba hablar con alguien, hacer algo, y me lancé, porque así no podía seguir. Supe de Hartu Emanak (Tfno: 944 155 114, www.hartuemanak.org) y me apunté». En esta asociación dedicada a la participación social de los mayores y volcada en pulverizar los tópicos que pesan sobre ellos, Francisca asiste a sesiones de lectura y de cine, analizan textos, debaten sobre las películas... Incluso escribe redacciones sobre sus experiencias. Como ésta, ocurrida cuando tenía 12 años:
-«... Lo peor vino cuando empezaron a bombardear, cuando tocaba la sirena y teníamos que ir al refugio. Dentro oíamos el ruido de los aviones y las bombas al caer. Mi hermano de 3 años se asustaba mucho y quería meter su cabecita entre mi madre. Cuando el ruido era más fuerte, la gente decía: 'Ésta ha caído más cerca'. Fue angustioso. Yo no decía nada, ni lloraba. Pensaba en silencio: 'Si cae una bomba en esta casa nos entierra y no podemos salir'. Pasaba mucho miedo...».
LA SOLEDAD. EL TELÉFONO. REÍR
Ahora Francisca también tiene miedos. Siempre fue muy tímida y le cuesta hablar, expresarse, sonreír. «Suelo escribir cuando estoy triste y me siento un poco mejor». Porque tampoco hay que pensar que es oro todo lo que reluce. Los mayores, aunque activos, también tienen sus sombras: «Temo a la soledad. Cuando llego a casa lo primero que miro es al teléfono, para ver si la luz de la llamada parpadea. Si no...».
A Ramiro Pinilla también le gusta que le llamen: «Claro, pero sé que después vuelvo a mi soledad y estoy bien. Exijo soledad para vivir, para ver la tele, para comer, para trabajar... Le diría a Francisca que organice su vida, y dentro de la natural pesadumbre que da el ser viejo, que ría sin miedo, que cuente chistes», aconseja desde su casa, delante de un poster de Stan Laurel y Oliver Hardy, 'el Gordo y el Flaco'.
HACER GIMNASIA. ENAMORARSE
Sólo los que no llegan a los 30 ignoran que la vida pasa en un suspiro. Dice Francisca: «Me siento joven a pesar de todo lo que he pasado. Digo: 'tengo 83 años', y no me lo creo; me da la impresión de que no son tantos. Cuando llegué al 8 fue terrible, pensé que ya no aguantaría mucho más, pero aquí estoy». Y en bastante buena condición física. Dos veces por semana hace gimnasia, pese a sus dolores de espalda. Para Ramiro, llegar a la decena de los 80 fue «igual que todas, pero un poco peor, porque lo que veías tan lejano de joven, la vejez, la tienes encima y has de apechugar con ella. La vejez no es como otros problemas, la vejez no pasa».
-Ramiro, ¿cree usted en el amor?
- Pues sí, claro.
-¿Es posible enamorarse a esta edad?
-Puedo jurar que es posible porque yo lo estoy. Y te digo que en mi caso es con la ilusión de siempre.
-¿Y qué diría a los mayores que han aparcado el amor?
-Es cosa de educación, parece que la sociedad ve mal que se enamoren. Otros consideran que cuando falta potencia sexual ya no pueden enamorarse. Pero el enamoramiento puede depender de una cosa o de otra. De dos o de tres. O de una sola.
-Confiese, ¿se sigue siendo celoso?
-Es posible que más que antes, porque tienes menos recursos para luchar. Hummm... Yo creo que sería celoso en otras circunstancias, pero no, no soy celoso.
CONSEJO DE ANCIANOS. JUBILAR
Joaquín Martí (el del NO-DO), nació en Alcoy hace 85 años, estudió Ingeniería en Madrid y acabó en Bilbao trabajando en Iberduero, empresa que, con el tiempo, llegó a dirigir. Se casó, tuvo seis hijos. A los 65 le llegó la jubilación -ya había perdido a su mujer, Asunción-, y en unos días recibió una llamada del Ministerio de Industria para que les ayudara con su saber sobre tarifas. Hasta que en 1989 se creó en España la Secot (Tfno: 944 161 966 y 945 145 308, www.secot.org), una asociación de profesionales jubilados que ofrecen, sin ver un duro, asesoramiento a empresarios que están empezando. En España hay más de 900 voluntarios (unos 50 en Vizcaya, 10 en Álava y 20 en Guipúzcoa).
«Somos el consejo de ancianos de la tribu», explica Joaquín, que dirigió la delegación de Bilbao y ahora es el secretario. «En vez de quedarnos en casa, intentamos aprovechar nuestra experiencia para ayudar a los más jóvenes», añade. Porque él considera que lo de la jubilación a los 65 es una barbaridad: «Veo muy mal la ingerencia del Estado en esto. Si un profesor es bueno puede seguir siéndolo a los 80. Yo habría tardado mucho más en jubilarme. Aunque en realidad no he parado».
Ramiro Pinilla está de acuerdo con él: «Es que a los 65 años uno es todavía un jovenzuelo. Fíjate cómo estaría yo hace 20 años... No entiendo cómo a esa edad le califican a uno de viejo. Fíjate en estos señores de Secot; se jubilan y se ponen a enseñar a otros. Eso es señal de que siguen jóvenes y fuertes». No entiende la benevolencia que hay hacia los mayores: «Me molesta mucho que me cedan el asiento en el metro. Yo digo: 'No, por favor, que no me voy a sentar'. Y vuelta a lo mismo. Piensas: 'Jo, ¿cómo me verá para insistir tanto!'. Ya sé que hay algunos que reclaman su asiento, ejercen de viejos y eso no es bueno».
De los 18 compañeros de promoción de Joaquín «quedan sólo ocho. Y a alguno no me atrevo ni a llamarle, porque ya no es el que era. Hablas con él y te dice: 'Nos van a echar de la empresa'. Te da mucha pena porque está completamente ido». ¿Miedo al Alzheimer? «Me molestaría por dar la lata a los demás. Pero sí da miedo dejar de ser, porque lo malo es que los demás dicen que sí eres», reflexiona. ¿Y la muerte? «Eso es otra cosa. Llegado el momento puedes decir: 'Ahí os quedáis'», bromea. A Ramiro, más que miedo, la muerte le da pena: «Pena de perder la contemplación de los seres queridos, de la mar, de una buena peli en la tele, de saborear una naranja...». Casi teme más que no le dé tiempo a 'borrarse' de la Iglesia católica. «Sé que cuando presentas la instancia de anulación pueden tardar años. Temo que no me llegue y me marche perteneciendo a la comunidad católica y que cuenten conmigo para sus estadísticas. Eso me alarma muchísimo».
HACER UNA CARRERA. TEATRO
A pesar de algunos achaques, Joaquín mantiene bien el tipo. Subió más de cien veces al Gorbea y ahora recorre su ciudad a diario. Vive solo y es aficionado a las cosas del espacio (tiene telescopio). Ama la música, especialmente Mahler. Y al salir de la oficina se toma unos vinos y se juega unas perrillas a los chinos. Son importantes las aficiones, ya lo dice Ramiro Pinilla: «No preparan a los niños para ser viejos y el 95% no sabe qué hacer cuando se llega a mayor».
Consuelo Basáñez tiene 87 años y vive en Vitoria, junto a su marido, de 89, y uno de sus hijos. Fue profesora durante 40 años hasta que tocó retirada: «Me dio muchísima pena, echaba mucho de menos a mis alumnas. Así que me dediqué a ayudar con los nietos y a hacerles jerseys». Todo eso estaba muy bien, pero le faltaba algo. «Un día leí lo del 'Aula de la experiencia' de la UPV y no dudé».
En 2006 se licenció en su segunda carrera, Ciencias Humanas. Y gracias a la Fundación Mejora, de la Caja Vital (Tfno: 945 269 490, www.fundacionmejora.org), es actriz aficionada. Con Pilar, Nati y Ricarda, tres de sus compañeras -bastante más jóvenes que ella, aún en los 60- recordaba el otro día una de las obras que han representado, 'Los figurantes', de José Sanchis Sinisterra. «¿Jacinta! ¿No te acalores, vete al grano!», dice ella en su papel. «No tienes idea de lo que me ha llenado el teatro». Sus amigas sí lo saben: «La hemos visto rejuvenecer. ¿Se le han ido las arrugas!», prometen.
Para el que lo quiera, Ramiro Pinilla aconseja con su ejemplo: «Al despertar, hago un plan del día. Dedicadlo a vuestras cosas. Que no os mangoneen».






