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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

Excursiones

GUÍA DEL VIAJERO
El tiempo en suspenso
El gregoriano, Manuel Millares y un pueblo histórico conforman una memorable visita a Burgos

11.05.07 - 10:49 -
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CLAUSTRO. El monasterio benedictino de Silos es uno de los más antiguos de España.

Imaginen al alma tecleando en un ordenador: arsis, tesis. Arsis, tesis, tesis. Arsis, arsis, tesis. Arsis, arsis, tesis, tesis. Se encuentran ante el ADN del gregoriano. Dos elementos, impulso y reposo, con los que es posible crear uno de los cantos polifónicos más bellos de la música religiosa en función de ritmos elementales, binarios, ternarios y cuaternarios, que cuajan gracias a una necesaria actitud de respeto, espiritualidad y autocontrol por parte de los declamantes.

Ahora imaginen una arpillera desgarrada y recosida en una forma traumática, emocional. Se hallan ante una demostración de pasión de Manuel Millares, el genial artista canario (1926-1972) que supo hacer hablar desde el alma a materiales tan humildes como una tela de saco, la arena o un color, el blanco, que logró hacer sobrecogedor pese a tratarse del más inocente.

Algunas músicas hacen llorar al espíritu, del mismo modo que existen cuadros destinados a retorcer el corazón. Los dos sentimientos concurren estos días en el monasterio burgalés de Silos, en cuyo antiguo refrectorio se exponen hasta diciembre una docena de obras de Millares, en colaboración con el Centro de Arte Reina Sofía, entre otras instituciones. La muestra es una continuación de otras anteriores organizadas en torno a artistas de la talla de Miró, Tàpies, Barceló o Chillida y parece hecha para ilustrar el otoño castellano.

Silos, a 57 kilómetros de Burgos, resulta esencial dentro de la geografía humana y física de la meseta. Demuestra que Castilla está dotada de un enorme potencial para generar paradojas. Porque, en realidad, este pequeño municipio de apenas trescientas almas alberga menos habitantes que vecinos existen en una urbanización, pero entre sus límites comprende un imponente monasterio que es también uno de los más antiguos de Europa, un coro gregoriano cuyo repertorio ha vendido seis millones de discos en todo el planeta y una exposición de Millares. ¿Existe una combinación mejor para armonizar el espíritu?

Quizás sí. Es muy probable que, para completar la visita, fuera conveniente alojarse en una de las 22 habitaciones de la hospedería del monasterio, pero esa es una experiencia que las normas de la orden benedictina reservan para los hombres, pues la estancia está prohibida a las mujeres. Viajeros ocasionales de sexo masculino y estudiantes –éstos, en época de exámenes o preparación de trabajos– suelen ser los principales ocupantes de estas habitaciones y los destinatarios del placer de desayunar junto al claustro el pan con mantequilla que hizo recia a Castilla. Eso sí, cualquier turista puede disfrutar del aire limpio y especialmente fresco del otoño mientras recibe las últimas luces del día a la hora nona o en vísperas con el canto gregoriano de los monjes. Una música, por otra parte, que se mantiene inalterable desde el año 600, y a la que ni siquiera ha cambiado un ápice el hecho de que se pueda reservar una plaza en la hospedería por e-mail. Silos electrónico.

En dirección noroeste, a 25 kilómetros de la capital, surge Huérmeces como un libro de Historia. Con la retina bajo el impacto de Manuel Millares y la liturgia cantada aún en la memoria, la visita a las calles de este municipio levantado junto al río Urbel y habitado por escasamente dos centenares de personas abre una nueva franquicia a la esencia castellana. En este caso, la que comienza en los albores de la Humanidad –el equipo de Atapuerca descubrió vestigios del hombre de Neanderthal en la cercana cueva de Valdegoba–, pero, sobre todo, la que dejó huella, piedra a piedra, durante la Edad Media y el ascenso de la nobleza.

Calles protegidas

Ni los Padilla, ni los Pachecho ni posteriormente los Velasco, que incluyeron a Huérmeces en el mayorazgo del condestable de Castilla hacia 1458, levantaron los palacios y casonas en aras a conseguir la declaración del municipio como patrimonio nacional, sino más bien por asuntos de privilegios, poderío y defensa. A esta bien fundada teoría contribuyen los lienzos que se conservan de la fortaleza de Padilla: los muros poseen casi dos metros de espesor y los protegían fosos y contrafosos. Pero así, sin quererlo, consiguieron convertirlo en una joya arquitectónica que, efectivamente, se halla protegida como conjunto monumental desde 1949.

Si Silos supone un privilegio sensorial, Huérmeces proporciona el vértigo de poder tocar una piedra con el convencimiento de que, hace quinientos o seiscientos años, alguien la puso allí. O quizá antes. Aunque en las crónicas de Santo Toribio de Liébana aparecen algunas referencias difusas, la primera constancia de este enclave se remonta hacia el año 900, cuando pertenecía al alfoz de Mansilla. Documentalmente, se sabe que Huérmeces existe desde el 18 de julio de 1124, fecha en que una vecina de linaje donó la hacienda de un familiar suyo a la catedral de Burgos. A partir de ahí, el archivo crece sin parar.

Es la segunda paradoja de la meseta. El visitante podría cruzar esta localidad sin apenas prestarle atención, como uno más de los pueblos dormidos de Castilla. Una lástima. No se percataría de su enorme importancia histórica. Tuvo hasta diez molinos –sinónimo de una floreciente economía– y un alto valor militar como vigía del valle de Urbel, fue cuna del retablista Juan de Ubierna y hasta el rey Alfonso VIII compró fincas allí.

También tiene la trascendencia de permitir al viajero recuperar las historias de la infancia, de veranos en bicicleta, de soles impenitentes y noches rasas con olor a helada, de juegos junto al pilón. Arterias tranquilas, de ritmo pausado y aroma a leña, de un romanticismo implícito al que el otoño aporta una luz suspensiva. Posiblemente, sea Huérmeces la mejor definición del tiempo congelado y, también, del tiempo espartano. No es tan diferente a Silos.



Guía del viajero
Silos
A 57 kilómetros de Burgos, entre esta capital y Aranda de Duero. Por la N-234 a partir de la N-1. Visitar Lerma, Covarrubias, Caleruega, La Yecla y Salas.

Huérmeces
A 25 kilómetros de Burgos por la N-627y la BU-622. Todos los alrededores están cargados de historia.

Más información
Monasterio de Silos: T 947390049 y www.silos.arrakis.es.
Palacio de los Arriaga-Salamanca en Huérmeces, T 605894810 (Patricia Varona).


La Historia se busca el futuro
La abundancia de edificios nobles que sorprenden al visitante en Huérmeces tiene su origen en un pasado floreciente: la cercanía de la capital castellana y la bondad del valle implicaban que muchos burgueses invirtieran durante siglos en tierras y bienes agrarios en este lugar que hoy vuelve a buscarse el futuro.

Recientemente, el Palacio de los Arriaga-Salamanca, una impresionante casona construida en el siglo XIV y donde nació Gonzalo Alonso, regidor de Burgos entre 1430 y 1450, se ha puesto en venta. La venta de un palacio es una noticia curiosa. Como la de un castillo. No sólo se vende un edificio, sino también su tiempo. Y no siempre surge la ocasión de convertirse en dueño de un pedazo de la Historia. Abierto al valle y al cereal, en este palacio se agolpa el pasado, petrificado en dos escudos que hablan de linajes, de nobles que extendieron su presencia hasta otra joya monumental, Covarrubias, y de comerciantes de época que transaccionaban con lanas y tintes. La esperanza del pueblo es que un inversor convierta el inmueble en una posada real o un hotel con encanto para «revitalizar la villa» y no interrumpir, precisamente, su Historia.
Links de interés

· Patronato de Turismo de Burgos
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