Hablar de la Rioja Alavesa obliga a ensalzar la calidad de unos vinos que han reportado notoriedad mundial a la región. Sin embargo, el prestigio alcanzado por sus caldos ha llegado a eclipsar otra gama de alicientes que atesora la comarca. Laguardia, su capital, es el mejor ejemplo. Posee rincones de gran atractivo arquitectónico, arqueológico y natural que no merecen pasar inadvertidos ante los ojos del turista que se detiene en la villa atraído por la fama y categoría de sus numerosas bodegas.
Asentada en la vertiente sur de la Sierra de Cantabria, a veinte kilómetros de Logroño y sesenta de Vitoria, Laguardia aún desprende un agradable sabor medieval. Sobre un cerro elíptico que emerge del verde mar de viñedos que lo rodea, la villa conserva un casco urbano fortificado al que sólo se puede acceder a través de cinco portalones. Medio centenar de casas señoriales y palacetes –en su mayoría de los siglos XVI y XVII– se protegen en su entramado de angostas callejuelas peatonales. Sus pétreas fachadas exhiben leyendas y escudos de armas, mientras los balcones adornados con flores rojas y violetas llenan de colorido el ambiente.
A pocos pasos de estas construcciones se alza la Torre Abacial, levantada en el siglo XIII y cuya planta rectangular todavía permanece intacta. Junto a ella, el pórtico gótico de bella policromía del interior de la iglesia de Santa María de los Reyes constituye el monumento más importante de Laguardia. En el extremo opuesto se encuentra la de San Juan Bautista –también gótica, pero con elementos platerescos y neoclásicos–, enclavada frente a la casa natal del ilustre poeta y fabulista Félix María Samaniego. A medio camino de ambos templos, el antiguo Ayuntamiento renacentista y el nuevo, del siglo XIX, se miran en la coqueta plaza Mayor.
Extramuros, varios paseos recorren el perímetro de la villa. Caminar por El Collado, desde cuyos amplios miradores se divisan buena parte del valle y los picos rocosos de Palomares, La Cruz del Castillo y La Peña del León resulta del todo recomendable.
Yacimiento arqueológico
En Laguardia, el pasado está presente, pero no sólo en lo que a su conjunto histórico se refiere. El poblado de La Hoya, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del País Vasco, se ubica a 700 metros. Un museo explica el modo de vida de quienes habitaron en la Edad del Bronce y del Hierro, a la vez que enseña los materiales que manejaban. Siete dólmenes se ocultan en los campos de vid y trigo colindantes, entre los que destaca el conocido como ‘La Chabola de la Hechicera’, un complejo funerario compuesto por una cámara de nueve losas unida a un corredor, cerca de Elvillar.
Pero a pesar de tantos atributos, un eterno y poderoso rey pervive en Laguardia y en toda la región: el vino. Más que una cultura, se trata de una religión por estas tierras. También él propone al visitante un viaje retrospectivo a tiempos ya casi olvidados: el subsuelo de la villa está agujereado por cuevas y galerías excavadas bajo las viviendas –algunas se usan como bodegas familiares desde la Edad Media–, en las que se desarrolla la ancestral liturgia de la selección y elaboración de los caldos. Un lugar ideal para beber, sin prisas, un vaso de Rioja, la denominación de origen más antigua del España.
Datos útiles
Bodegas
La mayoría abre sus puertas al público, pero es necesario concertar cita previa. Los precios de entrada oscilan entre los tres y los seis euros. Además de catar y vender vino, muchas de ellas disponen de salones para dar comidas.
Naturaleza
Las lagunas de Carralogroño, Carravalseca y la balsa del Prao de la Paul, biotipos protegidos y declarados zonas húmedas de relevancia internacional por el Convenio de Ramsar, apenas distan un kilómetro del centro. Junto al poblado prehistórico de La Hoya, el parque ornitológico ‘Las Aves del Mundo’ cuenta con más de un centenar de especies y completa el patrimonio ecológico de la zona.