![]() Miera bajo la niebla.
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Pero es mejor comenzar por el principio. La ría de Rada, junto a Treto, cerca de Colindres. Tan bella que invita a adentrarse por las riberas de su marisma para remontar el Valle de Aras, con pueblos de abundantes manzanas en otro tiempo. En pocos kilómetros se llega a una época diferente. También a San Miguel de Aras, donde se distinguen polvorientos lagares para la sidra.
«Saque una foto de aquella piedra». El lugareño tiende la mano y apunta a una soberbia lápida colocada a las puertas del Palacio de Caburrau y su capilla, no lejos de la legendaria cueva de Cobrantes. La piedra recuerda a los fieles que sufragaron el coste de las obras en el siglo XVII. Posiblemente, descendiente de alguno de aquéllos sea el paisano que ahora apareja su yegua al carro a pocos metros del palacete mientras sugiere al visitante que se acerque hasta Cobrante.
En realidad, el caminante busca lo rural y no hace falta perseverar demasiado para encontrarlo. Tras Llueva, hacia Matienzo, se topa con la inusual estampa surrealista de un motorista vestido con una indumentaria trasnochada, ascendiendo por las fincas con un cuévano a su espalda. Una mezcla de tradición y modernidad para transportar hierba. Aquí hay casas muy llamativas y otras arruinadas por el abandono. Brillan, como antaño, los palacios indianos imponentes, entre los que destaca villa Epifanía.
Gallinas ponedoras

Ahora bien, monte arriba, cerca de Socueva, el panorama cambia. Allí está el abrigo donde, por lo menos desde el siglo X, se refugiaban los monjes en busca de la soledad monacal. No es de extrañar. Sólo la música de las zumbas del ganado y los graznidos de los cuervos rompen el denso silencio que barre el lugar. La panorámica hacia Soba es de una belleza impresionante.
Pero la imagen que cautiva al viajero es, de nuevo, la del cuévano. Va atado a espaldas del jadeante montañés, que lleva al establo las primeras siegas de hierba verde para su ganado, amarrado por la soga y los fríos postreros del invierno. Encima de la ladera –verde de pasto y grisácea de roca– se distingue el alto de Alisas, puerta al mar, abierta con ayuda de los dineros de un indiano. El paseante –como le sugirieron– anhela acercarse al chapoteo de las primeras aguas del Asón, que se sueltan en cascada sobre los musgos crecidos durante años.
A su vera se abre el barranco, con un mirador hacia la gran cola de caballo que hace de las formas cristalinas un espectáculo paisajístico en el que deleitarse un buen rato. Más incluso cuando el viento extiende las gotas de la cascada y surge el arco iris. Ante ese cuadro parecen resonar todavía los ecos de los silbidos de pastores y cabreros, unidos al son de las esquilas de los rebaños.
Los collados del Asón. Las llanuras de La Gándara. Aquí brotan otras aguas que dan nombre a una aldea. Es un río que engaña porque, a pesar de nacer mansamente, cuando atraviesa el pueblo se suelta en un formidable chorro de cincuenta metros para formar el valle de Soba. Una balconada circular suspendida en el aire permite ver en el estío cómo las aguas, sin fuerza, lamen con pereza las paredes hasta el hoyo que sus hermanas invernales han ahondado. Los excursionistas suelen estremecerse de vértigo al asomarse al vacío y observar el tajo. Y el río Gándara se lanza tempestuoso hacia Ramales. Ya está más cercano el eco del poema de Gerardo Diego: «Niebla, niebla en La Sía, / la clara nitidez del valle idílico…»
La Sía. A 1.200 metros de altura, la efigie del poeta, fundida sobre la letra de sus versos, posa una mirada de bronce sobre el visitante. La naturaleza dota de sensaciones a sus palabras. La humedad que viaja con la bruma, el aroma que desprende la campiña en las puertas de la primavera, la transparencia del aire, cuando la vista se pierde por el Pico San Vicente y los confines de Vizcaya y los llanos de Montija.
La vertiente castellana del puerto lleva a Las Machorras, pueblo formado por pastores que colonizaron desde el siglo XVII estas tierras de vestigios glaciares. Con el tiempo se han hecho vaqueros los descendientes de aquellos abnegados trashumantes. El paisaje casi de postal es Lunada, lecho de antiguos hielos. De hielo, o corteza, es también la piel de los habitantes. Un ganadero, con los ribazos de su finca llenos de nieve, se asea con el torso desnudo en un balde de agua fría en la puerta de su casa, mientras los paseantes se protegen con guantes y plumífero. «Ya sólo atendemos el ganado para luego vender la leche. Hace mucho que no fabricamos mantequilla. Muchos están vendiendo las cabañas y se van al pueblo. Casi todos somos ya mayores. Además, cuando hay terneros, viene el lobo y los mata».
La carretera asciende hacia el collado que lleva a Miera. El entorno agreste se transforma en una gran cuenca herbosa, vertiginosa. Debajo, el río busca el fondo del barranco bajo terrazas glaciares cubiertas de verdes praderas. Abundan las vacas. Tras La Concha, el agua se encajona en un torrente a la altura de San Roque de Río Miera. El pueblo cuelga sobre un recodo de la corriente. Junto al camino, aparece una taberna. Es larga y estrecha. Los domingos, a mediodía, está a rebosar de parroquianos que charlan o juegan al tute y al mus. Los turistas piden reserva para comer, alentados por la fama de la cocina casera. Otro tanto ocurre en Mirones, río abajo.
Ni los perros

La queja se disuelve a medida que uno se aleja del lugar bajo la impresión continua de la belleza. Por Mirones, el valle del Miera queda abierto y los prados se tienden por la vega. Ya no hay vueltas pronunciadas en el río, las casonas son frecuentes y las cabañas se divisan más alejadas. A la entrada de Rubalcaba, cerca de la iglesia de Las Nieves, está el palacio de los Miera-Rubalcaba, con su peculiar balcón esquinado, que da la seña de identidad al lugar. Es el preludio de lo que espera en Liérganes, un verdadero museo de arquitectura montañesa.







